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El día es soleado, pero el viento helado me cala a través del sueter rojo de cuello alto. Debí haber traído una chaqueta. Decido caminar por la acera soleada, pero pronto me doy cuenta de la intensidad del sol. Regreso a la acera sombreada y enseguida me da frío. ¿Pero es que no se puede estar bien hoy? Aprieto el paso para entrar en calor.

Después de diez minutos de camino llego a mi destino: la antigua casa que ahora funciona como oficina de correos. Me acerco al mostrador y le solicito a la encargada, una señora de edad, arrugada y mal encarada, las estampillas necesarias para que mi carta (bastante voluminosa) llegue a su destino. La mujer me observa desconcertada.

-¿Estampillas?

-Si, para enviar esta carta.

-Hace mucho que nadie vine a enviar nada, todo el mundo utiliza ahora el imeil. ¿Porqué no envías tu carta por imeil?

-Porque quiero enviarla por correo tradicional, ¿tiene estampillas o no?

-No, no tenemos estampillas.

-¿Pero aún funciona el correo, no?

-No, hace mucho que nadie viene a enviar nada. El correo ya no funciona.

-¿Y entonces porqué no cierran esta oficina?¿De que sirve que esté abierta si no sirve para nada?

-El telégrafo sí sirve. ¿Quieres enviar un telegrama?

-No, tengo demasiadas cosas que decir como para enviar un telegrama.

-¡Pues entonces manda un imeil!

¡Mierda, que no quiero mandar un e-mail! Decepcionada salgo de la oficina postal con el sobre en la mano. ¿Y ahora? Pues nada, que tendré que mandar un e-mail…

Pero no es lo mismo, el e-mail no tiene aroma, no tiene personalidad. No hay mejor emoción que abrir una carta y sentir el aroma del papel, el aroma del lugar donde procede, de los lugares por donde pasó y que comienza a mezclarse con el aroma de su destino. El e-mail no tiene sonidos, como el sonido del papel. Papel ragándose, papel desdoblandose, papel hablando…

¡Que triste y fría es esta época tecnológica!

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