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ImagenHacía ya varios días que Aranza se despertaba por la mañana, y al levantarse, encontraba la cajetilla de cigarros que dejaba cada noche sobre la mesita junto a la cama vacía, las colillas y cenizas regadas por el piso de la habitación. Su mal hábito la obligaba a salir a la tienda a  comprar cada mañana una nueva cajetilla, pues “el café sin cigarrillo, no sabe a café”, decía.

Con cada cigarro que se fumaba en el día, reflexionaba, se preocupaba, pero más que nada, le mataba la curiosidad: ¿quién fumaba sus cigarrillos?, ¿acaso era sonámbula y su adicción la hacía levantarse en la madrugada a quemarlos uno tras otro hasta vaciar la cajetilla? En el colmo de sus cavilaciones, llegó incluso a considerar la opción de lo sobrenatural: ¿un fantasma?, ¿un duende vicioso? Con estos pensamientos soltaba una carcajada y agitaba la cabeza para disiparlos.

Una noche decidió saciar su curiosidad y averiguar al fin que demonios sucedía con sus cigarrillos. Esperó despierta en la cama, cubierta con las cobijas y con los ojos cerrados. No sabía porque, pero tenía la sensación de que si tenía los ojos abiertos “aquello” no aparecería.

Aranza se esforzaba por mantenerse despierta, pues al tener los ojos cerrados, inadvertidamente la ensoñación la envolvía y perdía el sentido de la realidad. Sin embargo, cerca de las tres de la mañana (o eso suponía), la puerta de la habitación comenzó a abrirse lentamente, como si una corriente de aire la empujara suavemente. Aranza cerró los ojos con más fuerza, pero aguzó el oído todo lo que pudo. No se escuchaban pasos, pero de pronto llegó hasta su nariz un aroma inconfundible, ese aroma a whisky, tabaco y CK One.

En cualquier lugar del mundo reconocería ese olor, aún hoy en día era su olor favorito: el olor de Gabriel. Pero no era Gabriel quien estaba ahí, lo supo instintivamente, era solo su recuerdo, un recuerdo que salía de su memoria y se materializaba a mitad de la madrugada, en medio de su habitación.

Lo sintió sentarse en la cama dándole la espalda, el peso del recuerdo la sacudió levemente. Lo escuchó tomar la cajetilla y el Zippo de la mesita de noche. Abrió los ojos ligeramente y pudo ver en la pared el reflejo luminoso y amarillento de la llama del mechero. Enseguida el olor a tabaco quemado inundó la habitación. “Increíble, hasta su recuerdo me roba los cigarrillos, como siempre lo hacía él” pensó.

Después de la primera impresión, Aranza no sabía qué hacer. Por un lado quería voltear y abrazar aquel recuerdo perfumado de su pasado, cual si fuera el mismo Gabriel. Pero por otro lado, sabía que si lo hacía, estaría abrazándose a la locura misma (tan cerca había estado en otras ocasiones, que reconocía cuando ésta la tentaba sutilmente).

Esperó pacientemente a que el adicto recuerdo terminara de fumar, sin moverse, apenas respirando, hasta que no pudo más. Todos los aromas se mezclaron en un Déjà vu de recuerdos que le quemaba la garganta. Se levantó con fuerza y volteo hasta encontrarse el perfil de Gabriel dibujado contra la luz de la luna que entraba por la ventana. Vio el cigarrillo prensado entre sus labios, haciendo volutas de humo que se elevaban hasta el techo.

Aranza se sentó junto a él y lo abrazó con fuerza. Saboreó cada molécula de aroma, cada segundo de aquel abrazo imaginario que se sentía tan real. Lo absorbía, lo procesaba y lo exhalaba cual lo que era: un recuerdo hecho de humo y atomizaciones de alcohol y de perfume. Mientras los minutos transcurrían, Aranza se dio cuenta de que no podía soltarlo, ¡no quería!

Así se pasó la noche, abrazada a su recuerdo, aspirando humo, locura y soledad. Y así la encontró el sol, pero en la claridad de la mañana los recuerdos se desvanecen, se vuelven tenues, desdibujados. Aranza se levantó y salió de la habitación, tenía que ir a la tienda a comprar otra cajetilla, no sin antes comprobar que el recuerdo seguía ahí, vaporoso y ligero, casi transparente, pero ahí. En ese momento, Aranza se hizo a sí misma la promesa de que los cigarrillos no faltarían nunca en la mesilla de noche, porque al fin y al cabo, ¿para que quería ella la cordura? Prefería pasar la noche abrazada al aromático recuerdo de Gabriel.

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