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claroscuro

Encerrado en su habitación, recostado en la cama mirando al techo, su mente vagaba sin rumbo fijo hasta que, como siempre terminó posándose en el recuerdo de ella. Una pregunta flotaba en el ambiente cálido, pero no lograba atraparla. ¿Acaso dudaba si la quería? No, sabía que la amaba. La pregunta era más bien si sería capaz de amarla toda la vida.

Ella tenía una personalidad complicada, tóxica, como cuando se inhalan sin querer los vapores de un ácido especialmente corrosivo. Era una personalidad que envolvía, golpeaba, revolvía, agotaba, de esas que sin remedio terminan siendo una carga y no más un placer.

Sin embargo, había algo en ella que lo atraía inevitablemente, como si ella fuera el centro gravitacional de la habitación donde se encontraran. Su cabello, su piel, su aroma, todo su ser parecía lanzar anzuelos en su dirección, anzuelos en los que él sin oponer resistencia terminaba enganchado.

Además, lo hacía reír. A su lado, había ocasiones en que el mundo parecía un lugar más fácil, más relajado, menos hostil. Podían pasar hora hablando, riendo, jugando como dos adolescentes sin preocupaciones, ni deberes, ni problemas.

Sin embargo, al caer la noche, ella se transformaba. Dejaba de reír y se volvía taciturna y melancólica. Más de una vez la sorprendió enjugándose las lágrimas de los ojos para que él no notara que estaba llorando. Pero, ¿por qué lloraba? Él no lo sabía. Viéndola ahí, tan hermosa, llena de vida y con el mundo a sus pies se preguntaba por qué diablos no era feliz.

En esos momentos llegaba incluso a odiarla, porque lo hacía sentir impotente, como un estorbo. Si la abrazaba, ella lo empujaba, si la cuestionaba, lo mandaba al diablo, si trataba de besarla, lo golpeaba y se iba. Su confusión crecía cuando después de irse pasaba semanas sin responderle las llamadas, ni abrirle la puerta de su casa. Se volvía invisible para él, o más bien inexistente. Y cuando finalmente lo buscaba, era como si ella tuviera amnesia, o lagunas mentales o algo parecido:

lo saludaba con un dulce beso en los labios, como si apenas ayer se hubieran visto, como si nada hubiera pasado. Las veces que él la cuestionaba sobre lo ocurrido, ella solo se reía y cambiaba el tema. Al final él se daba por vencido.

Al meditar a conciencia sobre todas las veces que este escenario se había repetido, llegó a la conclusión de que realmente no importaba si la amaba o no, ni por cuanto tiempo podía soportar la situación. Al final de cuentas, él jamás dejaría de ser solo un juguete para ella, un mueble, un accesorio en el sombrío mundo en el que ella desde hacía mucho tiempo habitaba.

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