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Las voces se escuchaban lejanas, como el murmullo que se percibe en una habitación llena de gente conversando. No entendía nada, solo era un cuchicheo constante, similar al rumor de las olas del mar. Ese murmullo indescifrable le crispaba los nervios, y más cuando estaba sola, en silencio. Trataba de entender, se esforzaba por advertir las palabras, las frases, encontrar un significado, algo de todo aquello que las voces le querían decir. Pero no podía deducir nada y se acostumbra al susurro constante.

Así era la mayor parte del tiempo, pero había ocasiones, días negros, en que el balbuceo se tornaba claro y conciso. En esos momentos escuchaba a Sylvia, a Alfonsina, a Virginia, a Alejandra y a todas las vírgenes suicidas, aberrantemente acompañadas de la Abzurdah Cielo y su hueste de princesas: Awua, Sophie, Selket, Aurora, Secreta, Candy, Solci, Azul, la tal Juliet y todas las demás. Todas ellas le hablaban de la pequeña navaja. La invitaban, se reían, la retaban. En esos momentos no podía evitar, como impulsada por una fuerza ajena a sí misma y olvidando todas las veces que prometió no hacerlo de nuevo, correr a la habitación y abrir el cajón donde la guardaba. Sacaba la navajita de sacapuntas que desde hacía años era su válvula de escape. La observaba, la acariciaba, a veces incluso la olía y percibía el aroma metálico, que no sabía si era a causa de su misma naturaleza, o si era el olor de antiguos dolores convertidos en sangre. La pasaba suavemente por su piel y parecía que la navaja recordaba el camino hasta las heridas cicatrizadas que en otro tiempo dejó.

Su piel erizada, sus ojos cerrados, sus manos apretando nerviosamente la navaja buscando la fuerza para hundirla otra vez. Quería ver una vez más el carmesí de su esencia resbalando por sus piernas, por sus brazos. Sabía que el dolor que sentía en el pecho, ese nudo en la garganta, se curaría en el mismísimo instante en que sintiera el dolor de la navaja atravesando su piel, en cuando viera brotar su sangre diluida en lágrimas, lágrimas y sangre escanciadas en el cáliz de su consuelo. Respiraba profundo, una, dos, tres veces. Se sentía enferma, quería vomitar, apenas podía controlar las arcadas. Seguía respirando, uno, dos, tres veces más…

Una verdadera batalla se libraba en su interior, las bellas suicidas la incitaban y entonces presionaba un poco más, en seguida sus nuevos anhelos de vivir se hacían presentes también y dejaba de presionar. ¿Cuánto tiempo duraban estas contiendas? A veces minutos, cuándo su convicción era fuerte, en ocasiones horas, cuando esas fuerzas se le iban. Pero había un momento, ese instante en que las voces se cansaban, también se hartaban de escucharse a sí mismas, y comenzaban a alejarse. Las poetisas y atormentadas se retiraban poco a poco, una a una, hasta que todas regresaban al rincón de siempre. Entonces levantaba la navaja, la metía en el cajón y observaba: solo un pequeño rasguño esta vez.

Para entonces las voces volvías a ser solo murmullos lejanos…

sharpener

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