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6:00 am, suena la alarma. Esta despierta pero no puede abrir los ojos. Los sonidos del exterior le llegan débilmente: algunos automóviles que transitan por la calle y el trino polifónico de las aves tempraneras. –¡Malditos pájaros!– piensa sin abrir los ojos. Siente las cobijas rozando su piel, el cobertor grueso enredado entre sus piernas y la sábana cubriendo solo la parte superior del cuerpo. Su cuerpo pesado se rehúsa a moverse. Haciendo un recuento rápido de todos los deberes del día, el pánico se apodera de ella. Tantas cosas por hacer. Revisar y tensar cada una de las cuerdas que la mantienen atada, repetir la rutina tediosa del día anterior y sobrevivir a esa sensación de ahogo que le aprieta la garganta. El miedo le oprime el corazón y le produce un sabor amargo en la boca. Si sale de la cama algo malo va a pasar, por eso aprieta los puños y se muerde los labios debajo de las cobijas. La mejor opción es quedarse ahí, a salvo, calentita, escondida del mundo. ¡No!¡ Tiene que huir! Repasa el mismo plan, ya bien grabado en su mente. Conducir el auto hasta dejar todo atrás, empezar de nuevo. ¿Empezar de nuevo? ¿Y para qué? A donde vaya, su mente irá con ella y ahí su tormento. Miedo. Miedo. Miedo. ¡Maldita sensación de mierda! Si las cuerdas fueran tangibles las cortaría con los dientes, para irse volando. Cuerdas. Miedo. Miedo. Cuerdas. El miedo la mantiene atada a la cama, atada a su vida, a su mediocre realidad. ¡Si tan solo fuera capaz de levantarse! Pero… Las 6:05 am. Siente el frío del piso en las plantas de los pies se pone las pantuflas y camina al baño. Un día más ha comenzado…

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