Maléfica, la escena de la violación

Las brujas siempre tienen más historias que contar que las dulces princesas que nunca salen de lo que se espera de ellas…

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La triste historia de una mancha de sangre en el pavimento

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Había una vez una mancha de sangre en el pavimento. Mucha gente presenció el día de su nacimiento, pues fue a pleno día en medio de una concurrida avenida, cerca de la universidad. Todos los que pasaban por ahí se acercaron a presenciar el lúgubre espectáculo. La mancha fue formándose, poco a poco, con una lentitud excesiva, roja, húmeda, caliente, con un nauseabundo olor a herrumbre. Y todos observaban atónitos, unos cuchicheando, otros con la boca abierta.

La policía llegó cuando la mancha ya estaba bastante crecida, dispersó a los curiosos y apostó un cerco alrededor. Poco después, una ambulancia llegó también y separó a la mancha de su origen, al que cubrieron con una sábana blanca, pero ésta siguió creciendo, extendiéndose hasta alcanzar un diámetro considerable. El sol la tostó y le dio el color de las ciruelas maduras. El viento la cubrió de polvo.

Los curiosos se dispersaron, la ambulancia se fue aullando, la policía retiró el cerco y la mancha se quedó allí, sola, insignificante. Nuevos curiosos le dedicaban miradas distraídas. Los automóviles volvieron a transitar por la avenida, pasándole por encima sin siquiera darse cuenta. Insignificante, insignificante, insignificante…Blood stained pavement

 

¿A que sabe la luna?

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¿A qué sabe la luna? Me pregunta la pequeña princesa.

¿Sabe a queso, a vainilla o a pastel de fresa?

Sabe a tenue luz y a inspiración de amor,

sabe a brillo, a espejo y a jardín en flor.

¡Quiero probarla! Dice la dulce niña.

¡Quiero comerla sin que nadie me riña!

Salta alto, linda flor de terciopelo.

¡Salta más alto, hasta alcanzar el cielo!

Muerde la luna con las estrellas mirando.

Saboreala de apoco que se te está acabando…

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Cansancio

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El día amanece con un resplandor frío. La luz parece fría aunque en realidad hace bastante calor para ser apenas las 6:00 am. Tal vez el frío no esta ahí afuera sino en mis ojos. Mis ojos congelados ven todo a través de una capa de escarcha que distorsiona el verdadero destello de la realidad.

Me levanto como flotando, no porque me sienta ligera, sino porque me siento como ausente. Pero no ausente, estoy aquí, más presente que antes. Más bien me siento vacía. Pero no, vacía tampoco, estoy aquí y llena de… de nada.

Mientras cumplo con la rutina diaria mi mente divaga. ¿A donde va? No lo se, esta aquí y allá, y también acullá. Me cuesta enfocar, concentrar. Mi problema siempre ha sido pensar demasiado. Todo el tiempo mi cabeza vuela a mil. ¡Y yo me canso! ¿Donde estará el botón de “apagado”?

A final, el día termina, yo tumbada sobre la cama, mirando al techo, insomne, cansada de ser, cansada de estar, cansada de mi…

Cansancio

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Correo

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El día es soleado, pero el viento helado me cala a través del sueter rojo de cuello alto. Debí haber traído una chaqueta. Decido caminar por la acera soleada, pero pronto me doy cuenta de la intensidad del sol. Regreso a la acera sombreada y enseguida me da frío. ¿Pero es que no se puede estar bien hoy? Aprieto el paso para entrar en calor.

Después de diez minutos de camino llego a mi destino: la antigua casa que ahora funciona como oficina de correos. Me acerco al mostrador y le solicito a la encargada, una señora de edad, arrugada y mal encarada, las estampillas necesarias para que mi carta (bastante voluminosa) llegue a su destino. La mujer me observa desconcertada.

-¿Estampillas?

-Si, para enviar esta carta.

-Hace mucho que nadie vine a enviar nada, todo el mundo utiliza ahora el imeil. ¿Porqué no envías tu carta por imeil?

-Porque quiero enviarla por correo tradicional, ¿tiene estampillas o no?

-No, no tenemos estampillas.

-¿Pero aún funciona el correo, no?

-No, hace mucho que nadie viene a enviar nada. El correo ya no funciona.

-¿Y entonces porqué no cierran esta oficina?¿De que sirve que esté abierta si no sirve para nada?

-El telégrafo sí sirve. ¿Quieres enviar un telegrama?

-No, tengo demasiadas cosas que decir como para enviar un telegrama.

-¡Pues entonces manda un imeil!

¡Mierda, que no quiero mandar un e-mail! Decepcionada salgo de la oficina postal con el sobre en la mano. ¿Y ahora? Pues nada, que tendré que mandar un e-mail…

Pero no es lo mismo, el e-mail no tiene aroma, no tiene personalidad. No hay mejor emoción que abrir una carta y sentir el aroma del papel, el aroma del lugar donde procede, de los lugares por donde pasó y que comienza a mezclarse con el aroma de su destino. El e-mail no tiene sonidos, como el sonido del papel. Papel ragándose, papel desdoblandose, papel hablando…

¡Que triste y fría es esta época tecnológica!

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